¿Quién decide quién decide?

¿Cuántas veces hemos leído últimamente sobre la importancia del protagonismo en el propio proceso de aprendizaje durante la niñez y la adolescencia o que soñamos con sociedades en las que reinen el respeto y la tolerancia? ¿Cómo vamos a llegar a tener sociedades participativas, tolerantes y responsables si realmente no se potencian dichos valores de forma real en la escuela?

Imagine un modelo de toma de decisiones que se base en la solidez de los argumentos expuestos y que esté sostenido por principios como transparencia, equidad y eficiencia. Seguramente piense que no es posible. ¿Y si le digo que este modelo existe y lleva desarrollándose con éxito en diferentes partes del planeta desde hace más de 50 años? Permítame que le explique cómo su implementación en las escuelas está transformando el modo en el que las personas aprenden a relacionarse. 

En la actualidad y ya hace varios años que se está desarrollando una tendencia organizacional y sistémica con estructuras más horizontales en las que se busca la eficacia de manera inclusiva. Seguramente habrá oído hablar de organizaciones Teal o de la holacracia. Pues bien, concretamente la sociocracia es un modelo de participación dinámica para grupos que pretenden autogestionarse gracias a que el poder se descentraliza. Las personas se agrupan con objetivos claramente definidos en los denominados círculos, fomentando la participación activa y la interacción entre ellos. De este modo, la organización se comporta como un organismo vivo de sistemas interdependientes que actúan como un todo, satisfaciendo las necesidades tanto individuales como colectivas. 

Las decisiones dentro de los círculos se toman por consentimiento, de modo que una propuesta es aceptada cuando ningún miembro del círculo tiene una objeción. En el caso de que exista/n objeciones, ésta/s se consideran un regalo, ya que tienen la función de enriquecer a la decisión final, siendo integradas en la toma de decisiones hasta conseguir el consentimiento.

Puede que en este preciso momento se pregunte sobre la agilidad del proceso, pero gracias a una repartición de roles operativos y del propio proceso sociocrático se fomentan de manera real los principios previamente mencionados (transparencia, equidad y eficiencia). Una de las principales premisas de este modelo es, que una decisión sea “suficientemente buena por ahora y suficientemente segura para intentarlo.” Bajo dicha premisa las decisiones se toman por un periodo determinado de tiempo y, una vez transcurrido éste, se someten a evaluación, pudiendo modificar algunas medidas si fuera necesario.

El organismo internacional que promueve la implementación de la sociocracia en cualquier tipo de organización es Sociocracy for all, mientras que Sociocracia Práctica (SoPra) es el área hispanohablante desde la que cada vez más personas estamos dedicadas a divulgar, (trans)formar y acompañar a organizaciones para hacer que este cambio de paradigma se haga realidad. En concreto, desde el Círculo de Educación de Sociocracia Práctica nos dedicamos a divulgar la posibilidad de implementar y desarrollar este modelo en escuelas y elaboramos la correspondiente documentación para que, junto a ciertos ciclos de formación para docentes puedan ponerlo en práctica en sus grupos de aprendizaje desde la etapa de infantil en adelante. 

Según explica Gerard Endenburg, empresario holandés y creador de la sociocracia moderna: 

Mediante el desarrollo del proceso sociocrático de toma de decisiones, el alumnado aprende a relacionarse a través de la Comunicación NoViolenta (CNV) y pone en práctica el arte de la argumentación al elaborar propuestas y formular objeciones. Estos aprendizajes son fundamentales en cualquier aspecto de la vida de una persona. Por eso, sus beneficios no sólo se manifiestan durante la etapa escolar, sino que al haberlo interiorizado a través de la práctica, se benefician a lo largo de sus vidas tanto en el ámbito personal como profesional. Es bien sabido que cada vez más sectores buscan e implementan modelos colaborativos y creo, fervientemente, que es la asignatura pendiente en el sistema educativo actual. 

Por otro lado, el proceso sociocrático tiene otro beneficio, y es que a través de éste se establecen rondas de intervención, promoviendo un orden en la participación de los miembros de las reuniones. De este modo, nos aseguramos que todo el mundo va a ser escuchado y, a su vez, da seguridad al grupo, ya que paulatinamente se interioriza el proceso y se agiliza la toma de decisiones.

Cuando se implementan este tipo de procesos desde edades tempranas se establecen unos patrones relacionales basados en la participación activa de todas las personas que forman un colectivo, fomentándose valores de tolerancia y responsabilidad de forma real y vivida, y no, como desgraciadamente sucede, en muchas ocasiones, que en las escuelas se trata de transmitir valores de forma hablada y no practicada, de modo que el desarrollo de los mismos no es sostenible en el tiempo.

Cada vez son más las escuelas que se interesan por las posibilidades de implementación de este tipo de modelo de autogestión. Un factor esencial para llevar a cabo este proceso es que la cultura del centro se (trans)forme para poder establecer estructuras de participación dinámica tanto a nivel organizativo como en los grupos de académico.  Todo esto es parte de la misión del Círculo de Educación de Sociocracia Práctica.

Para finalizar y dado que el debate de la innovación pedagógica, a través de sistemas de evaluación basados en el desarrollo competencial, está a la orden del día quiero hacerle dos preguntas para que pueda reflexionar: ¿qué competencia es más importante que el desarrollo de la habilidad de tomar decisiones en grupo? Y, sobre todo, ¿de qué forma estamos acompañando a aprender quién decide quién decide?

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