La criatura que fuiste y que sigues teniendo en tu interior

Han pasado años… Para algunas personas más, para otras menos… pero el tiempo sigue su curso, alejándonos cada vez más de aquellos (maravillosos) años en los que el tiempo no existía. Eran días en los que vivíamos plenamente en el presente, donde cada momento era un estreno, una aventura diaria que llenaba nuestra existencia de descubrimientos y asombro.

Ahora, en la vorágine de la vida adulta, me pregunto: ¿Qué lugar ocupa en tu vida actual el niño o la niña que fuiste? ¿Te has detenido alguna vez a pensar en ello? ¿Qué atención le das, si es que le das alguna?

Tengo una teoría: todos/as somos, de alguna manera, esos niños/as que fuimos alguna vez, aunque ahora tengamos más años encima. Freud decía que durante los primeros seis años de vida, aprendemos, y que el resto de nuestra existencia repetimos patrones. ¿Te has dado cuenta de lo fuerte que es esta afirmación? ¿Encuentras algún significado para ti?

Los primeros siete años de vida son cruciales. Es en este periodo cuando se establecen los cimientos de nuestra comunicación verbal, de nuestra psicomotricidad fina y gruesa, y de nuestras dinámicas de interacción socio-emocional, tanto con nosotros/as mismos/as como con el entorno que nos rodea. Durante estos años, también se construye nuestro sistema de creencias, tanto a nivel consciente como inconsciente.

Lo más fascinante es que, durante los primeros tres años, todo el aprendizaje es inconsciente. Aunque no podamos recordar conscientemente esa etapa, las experiencias vividas durante esos años esculpen lo que somos. Son como las raíces invisibles de un árbol que, aunque no las veamos, son fundamentales para el crecimiento y la estabilidad del tronco, las ramas y las hojas.

Es necesario, diría incluso vital, que en algún momento de nuestras vidas nos tomemos el tiempo de embarcarnos en un proceso autobiográfico. Esto significa hacer un esfuerzo por recordar sensaciones, experiencias y sentimientos de nuestra infancia. ¿Por qué? Porque comprender cómo se desarrollaron nuestros mecanismos para encontrar nuestro lugar en el mundo nos ayuda a entender muchas de nuestras acciones, reacciones y decisiones actuales.

No podemos olvidar la importancia de mantener viva esa parte infantil de nosotros mismos. Jugar, dejarnos sorprender por la vida, entusiasmarnos y disfrutar de las pequeñas y grandes cosas: todo esto no solo vale la pena, como se suele decir, sino que vale la alegría. Es en esos momentos de disfrute y asombro donde reconectamos con el/la niño/a que fuimos y, de alguna manera, seguimos siendo.

El niño o la niña que fuiste sigue ahí, en algún lugar dentro de ti. No importa cuánto tiempo haya pasado, ni cuántas responsabilidades tengas ahora. Esa esencia infantil es una parte fundamental de tu ser, y merece ser cuidada, respetada y escuchada. De hecho, te diría que, si realmente deseas vivir una vida plena y auténtica, necesitas reconectar con esa parte de ti. Deja que esa energía, esa curiosidad y ese entusiasmo vuelvan a tu vida cotidiana.

Agradezco a @vkleer por el montaje que me inspiró a escribir esta reflexión. Y a ti, te invito a que te tomes un momento para mirar hacia adentro y preguntarte: ¿Cómo puedo cuidar mejor al niño o niña que fui? Porque, al final del día, no solo vale la pena hacer ese esfuerzo; como digo a veces, realmente vale la alegría.

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